sábado, 25 de julio de 1992
Desencantados del 68. Escrito en 1992.
Desencantados del 68 Por Carmen Hidalgo. (Escrito en
1992)
miércoles, 20 de febrero de 1991
Alarma interna 1990
Sentí frío y una sensación de alerta, como si algo importante se me acabara de olvidar. Era una sensación conocida. Siempre me ha parecido que no habría hecho nada de lo que se considera de cierto valor si no hubiera hecho caso de mis alarmas internas. Más internas que nunca en casos como este en que el sentimiento me despertaba del sueño, y eso que no pensaba levantarme hasta dos horas después para dar cumplida satisfacción a mi necesidad de descanso.
Encendí el flexo de metal blanco que había sobre mi mesita de noche de cartón, fabricada con una gran caja de envolver, y miré la hora en el radio-despertador. Eran las ocho. Fuera se oían los pasos rápidos de JR yendo hacia el cuarto de baño. Era su día horroroso de entrar a trabajar a primera hora, después de haber trabajado la noche anterior.
Esperé a que él se hubiera marchado. Muy a menudo a lo largo de mi vida he esperado a saber que el terreno estaba despejado para salir de la madriguera. Es como si deseara huir de cualquier competencia inútil. Creo que se puede competir hasta por un lugar junto al grifo del lavabo. Esta creencia la he debido obtener en mi larga infancia junto a cinco hermanos varones, tres abuelos, dos tatas, mis padres y frecuentemente algunos tíos, primos, invitados diversos,… que no se sabía en qué momento podían aparecer, desaparecer, estar sin que se supiera o desplazarte de tu cama “auténtica”. Nunca en realidad sabías cuál era la auténtica, ya que lo frecuente siempre ha sido tener que cambiar para dejar tu lugar a otro. Cambiar de cama, cambiar de silla, cambiar de piso, cambiar de novio, cambiar de ciudad,…
Me incorporé levemente para tirar de la manta rosa de mi madre, que dejaba plegada por la noche sobre la alfombra para solucionar estas eventualidades del amanecer, y la coloqué sobre la cama. De cualquier manera no me dormía y además tenía necesidad de vaciar mi vejiga, con lo que tras el portazo de JR decidí levantarme momentáneamente. Preparé un café rápido con muesli y volví al nido. Fue inútil, no conseguí dormirme de nuevo. Puse la radio, un poco de música, alguna noticia, música de nuevo. Los de la radio llenando horas por la mañana deben tener más problemas de falta de imaginación que un profesor preparando las clases de la misma asignatura por séptima vez.
En el estudio lucía un sol espléndido. No eran ni las nueve y media y el gimnasio habría a las diez. Lo pensé pero me quedé recogiendo unos rayos de sol. Era una de las cualidades más agradables de la casa.
Releo lo escrito un año más tarde. Al texto le falta lo principal de su sentido. ¿Qué era aquello que se me acababa de olvidar y tenía tanta fuerza como para despertarme? Lo que no está dicho es casi siempre lo fundamental, la clave
martes, 27 de febrero de 1990
Nena o la muerte de Dios. 1990
Pero ahora vuelvo a caer en la trampa, y sin darme cuenta estoy andando por las calles desiertas sola. Algún borracho en una esquina te ve pasar. Tú cruzas la avenida de parte a parte y de parte a parte te gritan: “NENA”. Y nena resuena en tus oídos y en todas las fachadas de la Gran Vía y en todas las arterias de tu cuerpo y en tus sienes y en tus recuerdos y en todo tu coraje. ¿Qué nena ni qué niño muerto? Pero ¿usted se ha visto, por Dios? Pero, compañero borracho ¿no ves que los dos somos parte de la “basurilla del mundo”? A ti no te quieren y a mí me ignoran. A los dos nos desprecian, seguro que en parte porque somos espejos fieles de una inmensa realidad que nadie quiere ver. Y tú y yo estamos ahí con toda nuestra carga de verdad, de soledad, de desesperanza y, en realidad, de esperanza. Sí, de esperanza, porque si no tú no me llamarías nena dejando cruzar tu voz de parte a parte y yo no me haría la valiente diciendo que no importa, ni correría sintiendo los latidos de mi corazón, haciendo como que no corro, ni oigo. “Sorda”- me dijiste, ¿no te acuerdas? “Están sordas, parecen ministros, ellas van que no miran, parecen ministros que van pensando”- han dicho otros.
Si en realidad pensara que no me miran, que no soy deseable, que ellos ya no piensan que mi alma y mi cuerpo pueden ser una fuente inagotable, no correría. ¿No te das cuenta de que no correrías? Y es que lo sabes, mujer, sabes que eres toda una mujer llena de todo eso que no se puede explicar con palabras, y que tú sabes que tienes. Siéntelo, sábelo, disfrútalo. Pero ¡claro!; bien haces en no prodigarte como antes. ¿No debiste hacerlo? ¿Por qué no? ¿No era la hora de la libertad, de la rebeldía, de la verdad, de la plenitud, de ensancharse, de sentir, de la generosidad, de la osadía? ¿No dimos todo lo que teníamos y aún más, y éramos felices por darlo, por ser capaces de hacerlo, por atrevernos a hacerlo, por arriesgarnos a hacerlo?
Y sólo cuando empezó la desconfianza entre nosotros vinieron los malos tiempos. Y bien cierto es que llegaron pronto y, desde luego, que nosotros les dejamos llegar. Y no queríamos que vinieran, y tratamos de expulsar todos los demonios de nuestra mente. Pero nos pudieron, eran más fuertes que nosotros.
Tú eres idiota, pero ¿no ves que ellos sólo quieren una cosa, que se están aprovechando de ti? “Ella no es una rebelde, es una romántica, todo lo hace por romanticismo, lo sabes sólo con mirarla”. Había que pisar tierra, y creías que así sería mejor, y todos fuimos aterrizando, magullándonos en la caída las más de las veces.
Somos ¿somos? Somos una generación. Una generación de locos, una generación de cambio, una generación de rebeldía. La otra cara, la duda permanente, el amor sin fronteras, la razón de los parias, la razón de la sin razón, el vacío de lo infinito, y puede que la muerte de Dios.
GRACIAS A MI PUEBLO
Gracias a la vida, que me ha dado una infancia feliz en mi pueblo. Pilar Geraldo me invitó, hace unos años, a colaborar con un escrito ...
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