lunes, 17 de octubre de 1994

01 IGUALDAD DE GÉNERO ¿Es así para las mujeres? 1994


¿Para las mujeres, es así’?  (1994)


Tuvo que psicoanalizarse, pelear continuamente por seguir existiendo,… Y aún así (quizás precisamente por eso) está recortado su goce real, no su capacidad de goce.
Se debate en la lucha de si “existirá para mí un espacio de placer”. En la primavera de mil novecientos noventa y cuatro  estos eran sus pensamientos al respecto “¿Alguien me lo niega o me lo niego yo? ¿Por qué no puede ser? ¿Hubiera sido todo mejor de haber nacido hombre? ¿Tiene solución o es, como decía la tía Consuelo que, ‘Es que eso, para las mujeres, es así’?

sábado, 25 de julio de 1992

Desencantados del 68. Escrito en 1992.


Desencantados del 68 Por Carmen Hidalgo. (Escrito en 1992)



Pertenezco a la Generación del 68 y pienso que debemos desmitificarla para rescatar sus mejores valores. Me suena a batallitas del abuelo cuando algunos de sus miembros recriminaban a los nuevos jóvenes la falta de valores y de coraje. Nuestro coraje nació de nuestra principal arma arrojadiza: nuestra verdad.
Nosotros mamamos leche en polvo americana, nos cobijamos al abrigo de las instituciones franquistas, nos nutrimos de la más pura tradición católica y surgimos de las cenizas del sueño imperialista español, y, a pesar de nuestros orígenes o por ellos, hemos conseguido una gran riqueza espiritual. Fueron sus frutos el sentimiento y la actitud social que abrieron ventanas de esperanza e impulsaron a las demás generaciones del país a dejarle a ella la antorcha del futuro, el sillón de las decisiones. Hoy sus miembros están en los dos extremos del abismo: arriba, ostentando el poder y la gloria, o abajo, en la soledad y el desencanto, rayando muchas veces en el pasotismo.
No creo que los intelectuales de aquella generación nos desencantemos porque no se haya satisfecho nuestra utopía, no somos tan bobos. Sabemos que las utopías no están hechas para cumplirse, que son sólo una meta de referencia constante, un objetivo en el infinito. Nos desencantan las graves dificultades para seguir luchando, la falta de comunicación, los lastres puestos a nuestra elusión muchas veces, quizás inconscientemente, por los que compartieron la misma utopía y hoy están en el poder. Ninguna escusa es buena para rendirnos y hundirnos.
Nuestros jóvenes imitan los valores y actitudes que ven en nosotros ahora: beber, pasar, buscar el dinero y el poder. No les contemos batallas, ofrezcámosles un modelo vivo, volemos con ellos hacia la utopía camino del año 2000. Podemos acabar con las crisis y los desencantos, ya lo hicimos una vez.
Firmado: Carmen Hidalgo Lozano. (1992)

miércoles, 20 de febrero de 1991

Alarma interna 1990

Sentí frío y una sensación de alerta, como si algo importante se me acabara de olvidar. Era una sensación conocida. Siempre me ha parecido que no habría hecho nada de lo que se considera de cierto valor si no hubiera hecho caso de mis alarmas internas. Más internas que nunca en casos como este en que el sentimiento me despertaba del sueño, y eso que no pensaba levantarme hasta dos horas después para dar cumplida satisfacción a mi necesidad de descanso.
Encendí el flexo de metal blanco que había sobre mi mesita de noche de cartón, fabricada con una gran caja de envolver, y miré la hora en el radio-despertador. Eran las ocho. Fuera se oían los pasos rápidos de JR yendo hacia el cuarto de baño. Era su día horroroso de entrar a trabajar a primera hora, después de haber trabajado la noche anterior.
Esperé a que él se hubiera marchado. Muy a menudo a lo largo de mi vida he esperado a saber que el terreno estaba despejado para salir de la madriguera. Es como  si deseara huir de cualquier competencia inútil. Creo que se puede competir hasta por un lugar junto al grifo del lavabo. Esta creencia la he debido obtener en mi larga infancia junto a cinco hermanos varones, tres abuelos, dos tatas, mis padres y frecuentemente algunos tíos, primos, invitados diversos,… que no se sabía en qué momento podían aparecer, desaparecer, estar sin que se supiera o desplazarte de tu cama “auténtica”. Nunca en realidad sabías cuál era la auténtica, ya que lo frecuente siempre ha sido tener que cambiar para dejar tu lugar a otro. Cambiar de cama, cambiar de silla, cambiar de piso, cambiar de novio, cambiar de ciudad,…
Me incorporé levemente para tirar de la manta rosa de mi madre, que dejaba plegada por la noche sobre la alfombra para solucionar estas eventualidades del amanecer, y la coloqué sobre la cama. De cualquier manera no me dormía y además tenía necesidad de vaciar mi vejiga, con lo que tras el portazo de JR decidí  levantarme momentáneamente. Preparé un café rápido con muesli y volví al nido. Fue inútil, no conseguí dormirme de nuevo. Puse la radio, un poco de música, alguna noticia, música de nuevo. Los de la radio llenando horas por la mañana deben tener más problemas de falta de imaginación que un profesor preparando las clases de la misma asignatura por séptima vez.
En el estudio lucía un sol espléndido. No eran ni las nueve y media y el gimnasio habría a las diez. Lo pensé pero me quedé recogiendo unos rayos de sol. Era una de las cualidades más agradables de la casa.
Releo lo escrito un año más tarde. Al texto le falta lo principal de su sentido. ¿Qué era aquello que se me acababa de olvidar y tenía tanta fuerza como para despertarme? Lo que no está dicho es casi siempre lo fundamental, la clave

martes, 27 de febrero de 1990

Nena o la muerte de Dios. 1990




No volvería a salir de noche con nadie que no estuviera dispuesto a acompañarme de vuelta a casa. Dios mío, pero ¿por qué me sentiría yo obligada a mostrarme como una mujer fuerte? ¿Sería por lo que tenía de reconocer la propia diferencia o la propia dependencia o la propia “minusvalía” de ser mujer? ¿O sería porque crees que todos van a interpretar el que desees ser acompañada como… eso, como el deseo, y una ya no tiene derecho a desear?

Pero ¿quién, demonios, ha dicho que una ya no tiene derecho a desear? ¿Ese que te mira y ya no te mira como antes? ¿Se están desquitando por lo que te miraron y no te pudieron tener? Saben que, aunque ya no lo seas porque la naturaleza y el tiempo – y tú misma ¡idiota! – no perdonáis, tú fuiste superior. Superior o no, tú fuiste como una diosa, como una reina de la libertad, del deseo, de todo lo bueno y todo lo bello, una reina del presente, una “woman”. Y ellos volvían a una sus miradas a tu paso, y las volvían a retirar porque eso no era para ellos. Y a otros les temblaba el pulso y el alma medio de celos, medio de envidia, de miedo a perderte, o de no llegar a tenerte. Y estaban pendientes de ti. Nunca entonces necesitaste pedirle a nadie que te acompañara. ¿No lo recuerdas? Inevitablemente alguien te iba a acompañar. En todo caso debías pedir que no te acompañaran, o poner alguna excusa para escaquearte de una situación que no era la que habías previsto.

Pero ahora vuelvo a caer en la trampa, y sin darme cuenta estoy andando por las calles desiertas sola. Algún borracho en una esquina te ve pasar. Tú cruzas la avenida de parte a parte y de parte a parte te gritan: “NENA”. Y nena resuena en tus oídos y en todas las fachadas de la Gran Vía y en todas las arterias de tu cuerpo y en tus sienes y en tus recuerdos y en todo tu coraje. ¿Qué nena ni qué niño muerto? Pero ¿usted se ha visto, por Dios? Pero, compañero borracho ¿no ves que los dos somos parte de la “basurilla del mundo”? A ti no te quieren y a mí me ignoran. A los dos nos desprecian, seguro que en parte porque somos espejos fieles de una inmensa realidad que nadie quiere ver. Y tú y yo estamos ahí con toda nuestra carga de verdad, de soledad, de desesperanza y, en realidad, de esperanza. Sí, de esperanza, porque si no tú no me llamarías nena dejando cruzar tu voz de parte a parte y yo no me haría la valiente diciendo que no importa, ni correría sintiendo los latidos de mi corazón, haciendo como que no corro, ni oigo. “Sorda”- me dijiste, ¿no te acuerdas? “Están sordas, parecen ministros, ellas van que no miran, parecen ministros que van pensando”- han dicho otros.


Si en realidad pensara que no me miran, que no soy deseable, que ellos ya no piensan que mi alma y mi cuerpo pueden ser una fuente inagotable, no correría. ¿No te das cuenta de que no correrías? Y es que lo sabes, mujer, sabes que eres toda una mujer llena de todo eso que no se puede explicar con palabras, y que tú sabes que tienes. Siéntelo, sábelo, disfrútalo. Pero ¡claro!; bien haces en no prodigarte como antes. ¿No debiste hacerlo? ¿Por qué no? ¿No era la hora de la libertad, de la rebeldía, de la verdad, de la plenitud, de ensancharse, de sentir, de la generosidad, de la osadía? ¿No dimos todo lo que teníamos y aún más, y éramos felices por darlo, por ser capaces de hacerlo, por atrevernos a hacerlo, por arriesgarnos a hacerlo?


Y sólo cuando empezó la desconfianza entre nosotros vinieron los malos tiempos. Y bien cierto es que llegaron pronto y, desde luego, que nosotros les dejamos llegar. Y no queríamos que vinieran, y tratamos de expulsar todos los demonios de nuestra mente. Pero nos pudieron, eran más fuertes que nosotros. 


Tú eres idiota, pero ¿no ves que ellos sólo quieren una cosa, que se están aprovechando de ti? “Ella no es una rebelde, es una romántica, todo lo hace por romanticismo, lo sabes sólo con mirarla”. Había que pisar tierra, y creías que así sería mejor, y todos fuimos aterrizando, magullándonos en la caída las más de las veces.

Somos ¿somos? Somos una generación. Una generación de locos, una generación de cambio, una generación de rebeldía. La otra cara, la duda permanente, el amor sin fronteras, la razón de los parias, la razón de la sin razón, el vacío de lo infinito, y puede que la muerte de Dios. 


GRACIAS A MI PUEBLO

     Gracias a la vida, que me ha dado una infancia feliz en mi pueblo. Pilar Geraldo me invitó, hace unos años, a colaborar con un escrito ...