sábado, 10 de septiembre de 2016

LA RATITA PRESUMIDA. Sucedió en tiempo de feria. 2016

LA RATITA PRESUMIDA
Por Carmen Hidalgo Lozano. Septiembre 2016
Feliz porque mis manos todavía se posan sobre el teclado y parecen obedecer a lo que les dictan mis pensamientos, feliz por las visitas diarias de mi querida prima y feliz porque estoy viva a pesar de todo. Este año no pisaré la Feria, quizás por eso la tenga más presente.
Fue el último fin de semana de feria del año pasado, el domingo de madrugada. Serían las cinco de la mañana cuando la ambulancia de la Cruz Roja llegaba a urgencias del hospital. Hasta veinticuatro horas más tarde no tuve claro que esa noche habían bailado mis piernas por última vez. ¿Por qué cogería el coche para volver a casa? ¿Acaso no sabía la cantidad de alcohol que acababa de ingerir? Pero volvamos al aquí y ahora, la vida sigue.
Antes de ayer, día siete apareció por aquí mi prima Llanos, iba hacia el parque para ver el inicio de la cabalgata y se detuvo a visitarme. Ella misma pasó a la cocina a preparar la merienda y le pedí que me sacara un pequeño delantal de la alacena. Cuando lo vio “¡Qué alegría!” Me dijo “¿Te acuerdas de aquella feria? La abuelita nos bordó un delantalito a cada una, era nuestro feriado, el mío tenía el gato con botas, no sé dónde estará, y el tuyo, este, tiene la ratita presumida”.
¡Gracias querida abuelita donde quiera que estés!¡Tus manos mágicas tejiendo sueños vuelven hoy para hacerme sonreír!
FIN




lunes, 25 de julio de 2016

PATRICIA Y EL MAR. Relatos de verano 4. Biblioteca Pública. Albacete




https://issuu.com/albacetebpe/docs/relato4/c/smjjhat

Patricia y el mar

Por Carmen Hidalgo Lozano



Se acercaba la hora del crepúsculo, su hora preferida para caminar por la orilla. Sin embargo Patricia no se limitó a juguetear con la espuma de las olas entre sus pies, sino que entró decidida en perpendicular dispuesta a sumergirse. El agua estaba caliente en este momento de la tarde, cuando el aire empezaba a refrescar el ambiente. Sintió la caricia del agua sensual por todo su cuerpo, colándose por todos los rincones. Disfrutó con el sabor agridulce de este contacto, agridulce porque aumentaba la intensidad de su sufrimiento por la pérdida, la pérdida de aquel otro contacto que ella tanto deseaba, la del ser al que amaba más que a su vida y que acababa de rechazarla brutalmente. Quería que el mar lavara su herida quizás hasta hacerla desaparecer. Quizás esta sería la única forma de arrancar para siempre este dolor. No era sólo dolor sino desesperación. Sí, eso es, desesperación era la palabra adecuada para describir su estado de ánimo. Ya nunca volvería a creer en el amor, ya no volvería a confiar en alguien de aquella manera. No, jamás podría llegar a ser feliz, porque para ser feliz era preciso estar convencida de que eso era posible, amar y ser amada, y ahora su decepción era para siempre. A sus dieciocho años, en los últimos días de verano, sabía que ya jamás volvería a brillar la sonrisa en sus labios. Con toda su vida sin vivir, ya no quería vivirla. Ahora ya no merecería la pena.

Le habían contando miles de historias de príncipes azules que llegaban en carrozas engalanadas a buscar a las chicas guapas y buenas, como ella. Ella sólo tenía que esperar a que llegara, la viera y llamara a su puerta. ¿Cómo no iba a llamar si ese era el destino del príncipe azul? Quizás sus ojos no llegaron a percatarse de ello. Fue Ramón con sus palabras el que le hizo percibir su llegada. “Me gusta ver cómo os gustáis. Hay que ver que no podéis estar el uno sin el otro” La mirada desde fuera de un tercero les hizo verse de otra forma. Esas palabras prendieron en los dos como un mechero enciende el cigarrillo cuando aspiras el aire a través de la boquilla. Luis se volvió a mirarla, ella dirigió su vista hacia los ojos de Luis y se produjo el milagro. Bueno, lo que ella consideraba un milagro. Ahora pensaba que quizás para Luis no fuera tal, quizás él ya había vivido antes alguna historia parecida, quizás no era tan verdad todo lo que le había dicho que sentía por ella. Pero, no podían ser mentira los latidos del corazón de Luis que había escuchado desde tan cerca cuando apoyaba su cabeza sobre su pecho. Era un ritmo acelerado, alegre, ¿asustado?, fuerte. Era un latido que delataba el deseo, la prisa por estar con ella, la pasión. La pasión, eso es lo que ella deseaba pensar que habían vivido los dos.

Ella creía que sólo una guerra, o alguna desgracia o accidente semejante, podría romper los lazos una vez el amor había surgido. Había aprendido a estar atenta a las señales que le indicaran que ése era el hombre adecuado, el hombre maravilloso por el que sentía un verdadero amor, la pasión de su vida. Sólo tenía que percibir también en él los mismos signos, saber que era correspondida de forma parecida. Entonces no podía fallar. Además su vida hasta aquí había sido una cadena de éxitos, no le había faltado de nada, todo le había sonreído. No importaba que en casa le dijeran fea, ella lo tomaría como una broma porque no podía ser cierto. ¡Tenía tanta seguridad! Había nacido para triunfar, o eso pensaba ella. Nadie le había enseñado a afrontar una pérdida y menos una pérdida de este calibre. Se podía romper un muñeco, se podía perder una pelota, se podía estropear un jersey. Bueno, eso eran solamente cosas que se podrían sustituir o en todo caso no eran necesarias. Se podía ir su hermano de acampada sin ella y eso le hacía sufrir; pero sin duda volvería. Además ella sabía que su hermano la echaría de menos todo el tiempo que durase la acampada y no dejaría de quererla en ningún momento. Desde luego no como Luis ahora. Luis se había ido con otra, después de haberle prometido la gloria. Nadie siquiera le había advertido que podría perder tanto y tan pronto.

¿Por qué nadie le había enseñado a perder? Ahora ya no podía arrastrar la carga de la vida, ya no tenía sentido, ya no se amaba a sí misma… si podía ser despreciada por aquel en quien ella había puesto todas sus complacencias. Esta misma playa había sido testigo mudo de su amor. Entraban en el agua cogidos de la mano y, conforme se iban adentrando en el mar, sus cuerpos mojados se iban aproximando lentamente, casi no llegaban a tocarse porque las gotas de agua se interponían entre las superficies de sus pieles. El sol dibujaba pequeños arcos iris alrededor de ellos. Sus auras se unían formando el aura más poderosa, el aura del amor. ¡Qué buenas vibraciones emanaban de los dos! Incluso la fuerza de la tierra subía hacia el mar a través de sus cuerpos cuando ya desnudos, con los bañadores colgados del brazo, se unían con fuerza dejándose llevar por el ímpetu de la naturaleza que habitaba en su interior. Formaban la unidad perfecta, porque no se habían unido únicamente sus cuerpos, sino que sus almas previamente habían demostrado ser gemelas. Ese entendimiento de sus espíritus había sido lo más mágico de aquella ¿ilusión? Ahora todo le hacía pensar que aquellas vivencias habían sido quizás sólo fruto de su imaginación. ¿Tan ciega había estado?

Pero ella había estado atenta, siempre atenta. ¿Cómo no iba a estar atenta si se sentía fascinada por él? ¡Era tan atractivo y amable! Tenía la sencillez de un campesino y el saber hacer de un caballero, hablaba como un intelectual muy instruido y se reía como un chiquillo. Era capaz de convencer a cualquiera con sus teorías sociales. A ella la convenció, claro, y ¡de qué manera! Ella no podía tener la menopausia a los dieciocho años. Entonces, ¿por qué le entró aquel arrebato de calor cuando él se le acercó rozándola apenas? Y él corrió a abrir la ventana y volvió a ver si ella se encontraba mejor, y la acompañó a casa y hablaron, hablaron, hablaron... Luego volvieron a salir y caminaron casi hasta el amanecer. Y todo aquello no podía ser falso. Ella no lo había soñado, lo había vivido. Por eso no podía creerlo cuando Lucía le dijo que lo había visto con otra. “No, no era él, o es que iba con su hermana”. Lucía insistió explicando que lo había visto varias veces besándose con ella en la boca y cogiéndola en medio del paseo marítimo como no se coge a una hermana. Luego él la vio y la saludo. No tenía ninguna duda, era él y se lo comunicaba a Patricia porque le sabía muy mal que alguien estuviera engañando así a su mejor amiga.

Patricia lo negó y lo volvió a negar. Imposible, aquello no podía ser verdad y se marchó furiosa a casa a llamarlo por teléfono para quedar con él y confirmar lo que ella pensaba, porque estaba segura de que lo que decía Lucía era mentira; pero no, resultó ser real. Luis no lo negó en ningún momento; al contrario, rápidamente, muy fácilmente aceptó que era cierto. Le dijo que simplemente había cambiado de idea, que Elenita le convencía más, que era más niña, más dócil, más dominable, más cercana, que de hecho era vecina suya. ¡Qué gran argumento! Solamente fue capaz de contestarle “¿Cómo has sido capaz de hacerme creer en tu amor? ¿Por qué me has hecho esto? ¿Tan poco me querías en realidad?” Y él se quedó sin palabras mirándola y así permaneció viendo cómo Patricia se alejaba de él para siempre.


Ahora sí que era para siempre. Así lo había decidido definitivamente. Este atardecer se sumergiría en el mar para que se acabaran sus desgracias, su desesperación, su vergüenza. Ya su orgullo no estaría herido nunca más. Así sintió que sus piernas se iban trabando cada vez más caminando sobre la arena del fondo, mientras el agua cada vez más oscura ofrecía una mayor resistencia a su paso. Iba sintiendo todo su cuerpo más y más mojado, en sus labios sentía el sabor a sal. Intentó coger el agua con sus manos… y encontró el tacto de lino del juego de cama que le había regalado su madre. “Pero, pero… no es agua”, pensó. Abrió los ojos despacio sin dar crédito. Se frotó los párpados para despistar las posibles legañas y los abrió completamente. ¿Alegría o más decepción? Buscaba en su interior cual era la sensación predominante. Era una mezcla agridulce. Sus penas no acabarían este atardecer, el mar no se la había tragado para siempre. Disponía de su vida para vivirla; sin embargo, ahora sabía que tendría que convivir con la tristeza, un mar de sal la envolvería hasta el fin de sus días.

domingo, 20 de diciembre de 2015

BUÑUELOS Y BORRACHOS. CHL. Club de escritura Fuentetaja 2015.

BUÑUELOS Y BORRACHOS
Por Carmen Hidalgo Lozano. Diciembre 2015

  
“Buñuelos de viento:
50 grs manteca, 100 gr. azúcar, raspadura de un limón y un vaso de agua. Se mezcla todo y se pone la harina y se cuece hasta que se desprenda de la cacerola. Se  deja enfriar y se le van añadiendo los tres huevos enteros, se extiende en una fuente hasta que esté completamente frío y se hacen bolitas untando las  manos con aceite y se fríen en aceite casi frío.
Borrachos:
Una taza de aceite frito, 2 de vino, 1 de azúcar, 1 gaseosa y harina hasta que se pueda extender”.
Así empezaba el cuaderno que encontré en el cajón de la alacena el segundo día de llegar a la casa del pueblo en donde me habían contratado como interna. Mi obligación era cuidar a la señora Adela, sola en aquel caserón a sus ochenta y muchos años, con más recuerdos en los recovecos de la vivienda que en los rincones polvorientos entre sus ajadas neuronas.
Me costaba trabajo leer; pero a aquella hora temprana de la noche o avanzada de la tarde, con la señora ya dormida en su habitación, me apeteció emprender esta pequeña aventura de investigación culinaria en la alacena. Ya luego cenaría y podría conectar mi canal Nova para seguir con la novela por capítulos que tanto me entretenía y venía a calmar un poco la añoranza que sentía de los míos, de mi país, de las expresiones tan apasionadas entre mi gente,… y ¡no como aquí! ¡Aquí son tan fríos! Bueno, no sé si lo son o solamente lo aparentan. Pero sí, aparentan frialdad. ¡Vaya!, lo hacen muy bien porque a mí me parece que realmente son distantes, que no les importa demasiado lo que otros sufran, necesiten, deseen o incluso den. Se alejan de los seres humanos como algunas personas se alejan de los animales, quizás por protegerse, quizás por asco, quizás por miedo,… quizás solamente por costumbre.
Era un cuaderno rayado. Me recordó al que había en mi casa a la entrada. Mi padre también anotaba allí el dinero que “no” teníamos. Lo poco que entraba cada día y lo mucho que salía. Por eso cruzamos el océano mi hermana y yo, por eso nos pusimos a servir, por eso llegué a la casa de Adela, por eso encontré estas recetas de buñuelos de viento y borrachos.
Al día siguiente, Adela me vio con el cuaderno en la mano y me preguntó qué leía. Le leí como pude la página. Ella me explicó con bastante detalle cómo se hacía para que quedara bien. No sabía el nombre de sus hijos, ni el número. No recordaba cuándo murió su marido y lo confundía con su propio padre en la foto grande que había en la pared más visible y despejada del salón. Sin embargo para mi sorpresa, sabía al detalle cómo interpretar aquella receta mal escrita y llena de gotas de aceite y de huellas digitales de su autora. También sabía muy bien el nombre de la amanuense, Idolina, su madre.
Me enterneció en especial cuando empezó a mover sus manos como si amasara cuando se refería a las bolitas que se convertirían en buñuelos y acariciaba la superficie de la mesa como si estuviera extendiendo una masa virtual antes de cortar los “rombos” (eso me dijo) que se convertirían en “borrachos” (los dulces que hacía su madre para Semana Santa). Sus manos bailaban una danza ritual como si esos movimientos de su cuerpo encerraran todos los recuerdos familiares que se estaban escapando de sus neuronas. Después de aquello aún aprecié más el cuaderno de las gotas de grasa que reposaba en un estante frío al lado del ventanuco abierto al patio.
Me contó cómo nació. Había nacido como las nativas americanas de las praderas. Su madre estaba sola cuando ella llegó. Coincidió de pleno con la siega. Todos los hombres, mujeres y niños estaban en los campos de trigo, cortando  y apilando espigas. Cuando volvieron a la noche, además de su madre estaba ella, milagrosamente viva. Mas tarde aprendería a leer y a escribir en la cocina, la principal habitación de la casa, en el mismo sitio donde aprendió a caminar y sus primeras palabras, siempre guiada por su madre. También me contó cómo pudo ella comer incluso pan blanco durante la guerra, me habló de los corderitos que cuidaba… y del caballo que le regaló su padre… y de su novio.
Luego ya no recordaba nada más. La niebla cubría sus recuerdos igual que parecía también cubrir sus ojos y sólo le dejaba ver nubes y sombras. Había perdido el detalle de los gestos, el detalle de las caras de las personas, el detalle de los días del calendario, el detalle de las guerras de cada telediario. Incluso había perdido la cuenta de si sus hijos venían a verla o no, ni cual de ellos, ni cuándo. Me daba la impresión de ser la única consciente de los días que pasábamos las dos sin más compañía que la que mutuamente nos hacíamos.
Y en aparente contradicción con todos esos olvidos, su cuerpo tenía memoria de cómo sus dedos envolvían la masa redondeada de los buñuelos, acariciaban la suave superficie de los borrachos. Estaban acariciando aquel recuerdo del paraíso infantil perdido, la memoria de la fusión con la madre, aquella madre de la que aprendió nada más y nada menos que a vivir, a paladear los bellos momentos, a sacar cosas ricas de un poco de harina, una gaseosa y… poco más.
Aunque parecía no importarle ya casi nada de la vida, a mi entender lo que ella seguía guardando era lo principal, a pesar de que muchos de nosotros no lo valoramos como tal. “Lo esencial es invisible a los ojos” decía el Principito. Lo esencial es lo que te dicta el corazón… y eso no hay Señor Alzheimer que te lo arranque del ser mientras no te falte la vida.

FÍN

domingo, 11 de octubre de 2015

MIRKO Y CARSTEN. Curso de escritura. UP de AB. 2015

ÍBAMOS A ESTAR EN EL AVIÓN. Walter Oppenheimer. Barcelona. En El País. 25 Marzo 2015. Página 4.



Resumen de la noticia:
Los alemanes Mirco y Carstin iban a reservar para regresar a Düsseldorf en el vuelo que acabó estrellándose en los Alpes franceses. Cambiaron de idea para coger un vuelo más barato de Germanwings que salía más tarde, a las 19.30. De esa forma, además, podrían visitar el Camp Nou. Esa decisión les salvó la vida. Un amigo les llamó después del accidente para saber si estaban vivos. “Estamos en el Nou Camp” contestaron a través del móvil.

Por qué la elijo:
Es la noticia más sugestiva para mí en todo el periódico del día. La noticia del accidente llena las páginas del diario. El resto son noticias de política, corrupción y deportes.
Llama especialmente la atención que hayan salvado la vida por el contraste con las enormes dimensiones de esta tragedia. Sin embargo, existen multitud de episodios en las vidas de todos y cada uno de nosotros de similares características. Son esos momentos en los que podríamos decir que “hemos vuelto a nacer” o que “nuestra vida podría fácilmente haberse acabado”. ¿Por qué no se acabó? ¿Cómo milagrosamente sigue? ¿Aprovechamos suficientemente la nueva oportunidad que se nos brinda?



MI EJERCICIO: Carmen Hidalgo Lozano

MIRKO Y CARSTEN

Se conocían desde el año 2006. ¡Cómo olvidarlo! El año del mundial de futbol. Los dos muchachos llevaban la bandera de Alemania pintada en el brazo y estaban en la plaza desde las tres y media para no perder detalle del partido que proyectaban en la pantalla gigante. Ambos estaban de pie, entusiasmados con cada gol del equipo alemán. Primero chocaron sus cuerpos. Después se cruzaron sus miradas. Y luego, dejaron que la gente les mantuviera juntos, sintiendo el roce de la piel del otro. Ya no se pudieron despegar. El futbol los había unido.
Y ahora estaban en el Camp Nou. Después del Borussia de Dortmund, el Barça era su equipo preferido. ¡Qué buena idea la de Mirko! Tomar un vuelo unas horas más tarde. Se hicieron un selfing. Esta imagen sería el remate de este formidable viaje a Cataluña. En especial a Barcelona, ciudad testigo de los mejores momentos de su relación. En la miel de su descubrimiento mutuo. Volverían a finales de Junio para celebrar allí su matrimonio en el noveno aniversario de su primer encuentro.
Estaban en esta conversación, mirando la foto, cuando sonó el móvil de Carsten. Era Pere, el amigo que les había alojado en su casa.
-      ¿Qué dices, Pere? ¡No, no puede ser! ¿El avión Barcelona -Düsseldorf se ha estrellado en los Alpes?  ¡Pero… si era un vuelo de Lufthansa!-
-      ¿Cómo? Dime que no Carsten, dime que no es verdad.- Mirko balbuceaba acercándose al teléfono de su amigo.

-      Sí, Pere, estamos vivos, estamos bien.- Explicó Carsten - Al final cogimos el vuelo de Germanwings para poder acercarnos… No te imaginas dónde… Estamos en el Camp Nou. Te queremos, Pere… y al Barça. Nos acaba de salvar la vida. -

GRACIAS A MI PUEBLO

     Gracias a la vida, que me ha dado una infancia feliz en mi pueblo. Pilar Geraldo me invitó, hace unos años, a colaborar con un escrito ...