domingo, 2 de septiembre de 2018
domingo, 11 de marzo de 2018
IGUALDAD DE GÉNERO. Universidad Jaume I.
Tuvo que psicoanalizarse, pelear continuamente por seguir existiendo,… Y aún así (quizás precisamente por eso) está recortado su goce real, no su capacidad de goce.
Se debate en la lucha de si “existirá para mí un espacio de placer”. En la primavera de mil novecientos noventa y cuatro estos eran sus pensamientos al respecto “¿Alguien me lo niega o me lo niego yo? ¿Por qué no puede ser? ¿Hubiera sido todo mejor de haber nacido hombre? ¿Tiene solución o es, como decía la tía Consuelo que, ‘Es que eso, para las mujeres, es así’?
2018
TENGO LA RABIA
Por Carmen Hidalgo Lozano.
2017
¡CUIDADORES!
Por Carmen Hidalgo Lozano
Y MIENTRAS ¡AÚN RESPIRO!
Por Carmen Hidalgo Lozano. 2015
Clase de psicología en formación profesional. Se
hablaba del duelo. La profesora nos invitaba a compartir experiencias.
Me levanté. Sentía mi cuerpo ágil, seguro, firme, como
mi pensamiento, como mi decisión, como el futuro que veía claro delante de mis
ojos, después de tanto tiempo y hablé:
Yo he sufrido malos tratos del padre de mis hijos. Un
día dije ¡Basta, se acabó! y busqué ayuda. Casi no puedo creer que lo estoy
contando. Y mientras ¡aún respiro!
¡VÁYASE A OTRA PARTE JEFA!
Por Carmen Hidalgo Lozano. 2016
Lo había
conseguido mediante concurso oposición. Era el puesto soñado por cualquier
hombre de mi profesión, sencillamente envidiable. Casi nadie entendió por qué
renuncié y me marché bajando un montón de peldaños en el escalafón.
El primer
día pedí que limpiaran el despacho y vaya si lo limpiaron. Como un presagio
resbalé, caí de bruces con la barbilla sobre el terrazo y me tuvieron que dar
dos puntos.
Mi
horario de trabajo era por ley hasta las siete de la tarde por lo que pedí en
dirección que me dejaran comer con los profesionales de guardia. Me dijeron que
no, de modo que tuve que comer sola en la cafetería a diario.
Pedí al
jefe de mantenimiento que retirara los aparatos inservibles almacenados en la
puerta de mi departamento y todavía sigue allí la misma chatarra. Pedí al
técnico jefe que adelantara su trabajo para coordinarse mejor con el resto del
equipo y al día siguiente presentó una baja por dolor de espalda. Un jefe de
grado inferior me pidió relaciones íntimas, le dije que no y predicó por la empresa
que yo lo había querido seducir.
Hice
oposiciones a la enseñanza y me he jubilado como profesora. Todavía se
considera un trabajo más adecuado para la mujer.
viernes, 11 de noviembre de 2016
TÍA ENGRACIA
https://clubdeescritura.com/?p=168500
Convocatoria Historias de Familia III en Club de Escritura Fuentetaja.
https://clubdeescritura.com/convocatoria/iii-concurso-taller-historias-familia/leer/168500/tia-engracia/

Siempre vivirá en mi corazón. Dicen que madre sólo hay una; pero no es verdad. Se puede tener más de una madre. Es más, yo estoy convencida de que tenemos más de una, gracias a Dios. Las historia invisible de las mujeres se sustenta siempre sobre pilares construidos por otras mujeres y no únicamente la madre. Las hermanas, abuelas, bisabuelas,… incluso suegras y cuñadas constituyen muchas veces la base de nuestro mundo femenino, de la sabiduría que nos ayuda a poder con casi todo. Pero también existen las tías. En mi caso la tía Engracia ha sido una pieza fundamental en mi vida. Gracias a ella soy yo misma.
Dicen que nos parecemos mucho, al fin y al cabo tenemos unos cuantos genes en común. Me alegra parecerme a ella ya que me parece francamente guapa.
Granadina de nacimiento, corría por sus venas la gracia de Andalucía. A pesar de que el destino le había reservado buenas dosis de sufrimiento. Todos reían con sus bromas, todos aceptaban su hospitalidad y agradecían su generosidad. Yo tuve la gran suerte de poder compartir con ella algunos años de mi vida. A la muerte de su madre, mi abuela Almudena, conseguí la autorización de mis padres para ir a vivir con ella a Valencia con la excusa de poder así estudiar allí el bachillerato. En mi pueblo solamente había escuela primaria y para estudios secundarios había que desplazarse a la ciudad o estudiar libre con gran esfuerzo.
Mi versión de la guerra española y sus secuelas es la versión que ella me transmitió. Sufrió los efectos del odio de las guerras fratricidas por partida doble. Al principio de la contienda, en zona roja, vio cómo sacaban de su casa a su padre y a su esposo.
– A mi padre – me explicaba – aún podría entenderlo, había sido de la CEDA, si es que eso era un delito. Lo que no podía, ni puedo entender, es lo de mi marido. Era un comerciante que no había hecho daño a nadie. Además ni siquiera era de derechas, ¡si era socialista!
Perdió también su casa, su pequeño negocio y, lo que es peor, sus hijos a causa del hambre y la enfermedad que vino luego. Sobrevivió gracias a que la acogieron como refugiada en un pueblo de la sierra, donde a cambio de su trabajo como maestra le proporcionaron casa y comida.
– El alcalde era anarquista – me dijo – así es que yo siempre he mirado a los anarquistas con simpatía, quizás con gratitud. Todos no serán iguales; pero algunos anarquistas fueron muy buenos conmigo.
Al finalizar la guerra volvió a Granada. Ella había estudiado allí magisterio en su juventud. La mujer de Giner de los Ríos fue su profesora en la Escuela Normal. Las hermanas de García Lorca habían sido sus amigas.
-Recuerdo a García Lorca cuando íbamos a misa diciendo que parecíamos mosquitos en leche con esos velos tan negros – Las palabras de mi tía resuenan aún en mis oídos.
Contactó con alguna amiga y quiso ver a las demás. Le dijeron que no era conveniente ya que muchas de ellas eran viudas reciente por la acción directa del otro bando “los nacionales”. Mi tía insistió no obstante en acudir a la reunión de amigas. Nada más entrar se dirigió a cada una de ellas diciendo:
– ¡Ay amiga! ¿Cómo no te voy a entender si a las dos nos ha pasado lo mismo? A mi marido lo mataron los rojos, y al tuyo los nacionales que a mí me habían hecho creer que eran héroes y santos y ahora veo que no. –
Esta fue para mí la mejor lección sobre los efectos de la fratricida guerra civil española así como el final de la dicotomía absoluta entre buenos y malos.
Esta conversación con mi tía y su influencia en mi vida posterior es un pequeño ejemplo de los miles de cosas que aprendí a su lado. Me ayudó a salvar muchos escollos y a superar gran cantidad de handicaps en la difícil etapa de la pubertad y adolescencia.
Siempre le he estado agradecida por todo lo que me quiso y todo lo que hizo por mí. Mientras yo viva siempre estará en mi corazón.
FIN
sábado, 10 de septiembre de 2016
LA RATITA PRESUMIDA. Sucedió en tiempo de feria. 2016
LA RATITA PRESUMIDA
Por Carmen Hidalgo
Lozano. Septiembre 2016
Feliz porque mis manos todavía se posan sobre el teclado y
parecen obedecer a lo que les dictan mis pensamientos, feliz por las visitas
diarias de mi querida prima y feliz porque estoy viva a pesar de todo. Este año
no pisaré la Feria, quizás por eso la tenga más presente.
Fue el último fin de semana de feria del año pasado, el domingo
de madrugada. Serían las cinco de la mañana cuando la ambulancia de la Cruz
Roja llegaba a urgencias del hospital. Hasta veinticuatro horas más tarde no
tuve claro que esa noche habían bailado mis piernas por última vez. ¿Por qué
cogería el coche para volver a casa? ¿Acaso no sabía la cantidad de alcohol que
acababa de ingerir? Pero volvamos al aquí y ahora, la vida sigue.
Antes de ayer, día siete apareció por aquí mi prima Llanos,
iba hacia el parque para ver el inicio de la cabalgata y se detuvo a visitarme.
Ella misma pasó a la cocina a preparar la merienda y le pedí que me sacara un
pequeño delantal de la alacena. Cuando lo vio “¡Qué alegría!” Me dijo “¿Te
acuerdas de aquella feria? La abuelita nos bordó un delantalito a cada una, era
nuestro feriado, el mío tenía el gato con botas, no sé dónde estará, y el tuyo,
este, tiene la ratita presumida”.
¡Gracias querida abuelita donde quiera que estés!¡Tus manos
mágicas tejiendo sueños vuelven hoy para hacerme sonreír!
FIN
lunes, 25 de julio de 2016
PATRICIA Y EL MAR. Relatos de verano 4. Biblioteca Pública. Albacete
https://issuu.com/albacetebpe/docs/relato4/c/smjjhat
Patricia y el mar
Patricia y el mar
Por Carmen Hidalgo Lozano
Se acercaba la hora
del crepúsculo, su hora preferida para caminar por la orilla. Sin embargo
Patricia no se limitó a juguetear con la espuma de las olas entre sus pies,
sino que entró decidida en perpendicular dispuesta a sumergirse. El agua estaba
caliente en este momento de la tarde, cuando el aire empezaba a refrescar el
ambiente. Sintió la caricia del agua sensual por todo su cuerpo, colándose por
todos los rincones. Disfrutó con el sabor agridulce de este contacto, agridulce
porque aumentaba la intensidad de su sufrimiento por la pérdida, la pérdida de
aquel otro contacto que ella tanto deseaba, la del ser al que amaba más que a
su vida y que acababa de rechazarla brutalmente. Quería que el mar lavara su herida
quizás hasta hacerla desaparecer. Quizás esta sería la única forma de arrancar
para siempre este dolor. No era sólo dolor sino desesperación. Sí, eso es,
desesperación era la palabra adecuada para describir su estado de ánimo. Ya
nunca volvería a creer en el amor, ya no volvería a confiar en alguien de
aquella manera. No, jamás podría llegar a ser feliz, porque para ser feliz era
preciso estar convencida de que eso era posible, amar y ser amada, y ahora su
decepción era para siempre. A sus dieciocho años, en los últimos días de
verano, sabía que ya jamás volvería a brillar la sonrisa en sus labios. Con
toda su vida sin vivir, ya no quería vivirla. Ahora ya no merecería la pena.
Le habían contando
miles de historias de príncipes azules que llegaban en carrozas engalanadas a
buscar a las chicas guapas y buenas, como ella. Ella sólo tenía que esperar a que
llegara, la viera y llamara a su puerta. ¿Cómo no iba a llamar si ese era el
destino del príncipe azul? Quizás sus ojos no llegaron a percatarse de ello.
Fue Ramón con sus palabras el que le hizo percibir su llegada. “Me gusta ver
cómo os gustáis. Hay que ver que no podéis estar el uno sin el otro” La mirada
desde fuera de un tercero les hizo verse de otra forma. Esas palabras
prendieron en los dos como un mechero enciende el cigarrillo cuando aspiras el
aire a través de la boquilla. Luis se volvió a mirarla, ella dirigió su vista
hacia los ojos de Luis y se produjo el milagro. Bueno, lo que ella consideraba
un milagro. Ahora pensaba que quizás para Luis no fuera tal, quizás él ya había
vivido antes alguna historia parecida, quizás no era tan verdad todo lo que le
había dicho que sentía por ella. Pero, no podían ser mentira los latidos del
corazón de Luis que había escuchado desde tan cerca cuando apoyaba su cabeza
sobre su pecho. Era un ritmo acelerado, alegre, ¿asustado?, fuerte. Era un
latido que delataba el deseo, la prisa por estar con ella, la pasión. La
pasión, eso es lo que ella deseaba pensar que habían vivido los dos.
Ella creía que sólo
una guerra, o alguna desgracia o accidente semejante, podría romper los lazos
una vez el amor había surgido. Había aprendido a estar atenta a las señales que
le indicaran que ése era el hombre adecuado, el hombre maravilloso por el que
sentía un verdadero amor, la pasión de su vida. Sólo tenía que percibir también
en él los mismos signos, saber que era correspondida de forma parecida.
Entonces no podía fallar. Además su vida hasta aquí había sido una cadena de
éxitos, no le había faltado de nada, todo le había sonreído. No importaba que
en casa le dijeran fea, ella lo tomaría como una broma porque no podía ser
cierto. ¡Tenía tanta seguridad! Había nacido para triunfar, o eso pensaba ella.
Nadie le había enseñado a afrontar una pérdida y menos una pérdida de este calibre.
Se podía romper un muñeco, se podía perder una pelota, se podía estropear un
jersey. Bueno, eso eran solamente cosas que se podrían sustituir o en todo caso
no eran necesarias. Se podía ir su hermano de acampada sin ella y eso le hacía
sufrir; pero sin duda volvería. Además ella sabía que su hermano la echaría de
menos todo el tiempo que durase la acampada y no dejaría de quererla en ningún
momento. Desde luego no como Luis ahora. Luis se había ido con otra, después de
haberle prometido la gloria. Nadie siquiera le había advertido que podría
perder tanto y tan pronto.
¿Por qué nadie le
había enseñado a perder? Ahora ya no podía arrastrar la carga de la vida, ya no
tenía sentido, ya no se amaba a sí misma… si podía ser despreciada por aquel en
quien ella había puesto todas sus complacencias. Esta misma playa había sido
testigo mudo de su amor. Entraban en el agua cogidos de la mano y, conforme se
iban adentrando en el mar, sus cuerpos mojados se iban aproximando lentamente,
casi no llegaban a tocarse porque las gotas de agua se interponían entre las
superficies de sus pieles. El sol dibujaba pequeños arcos iris alrededor de
ellos. Sus auras se unían formando el aura más poderosa, el aura del amor. ¡Qué
buenas vibraciones emanaban de los dos! Incluso la fuerza de la tierra subía
hacia el mar a través de sus cuerpos cuando ya desnudos, con los bañadores
colgados del brazo, se unían con fuerza dejándose llevar por el ímpetu de la
naturaleza que habitaba en su interior. Formaban la unidad perfecta, porque no
se habían unido únicamente sus cuerpos, sino que sus almas previamente habían
demostrado ser gemelas. Ese entendimiento de sus espíritus había sido lo más
mágico de aquella ¿ilusión? Ahora todo le hacía pensar que aquellas vivencias
habían sido quizás sólo fruto de su imaginación. ¿Tan ciega había estado?
Pero ella había estado
atenta, siempre atenta. ¿Cómo no iba a estar atenta si se sentía fascinada por
él? ¡Era tan atractivo y amable! Tenía la sencillez de un campesino y el saber
hacer de un caballero, hablaba como un intelectual muy instruido y se reía como
un chiquillo. Era capaz de convencer a cualquiera con sus teorías sociales. A
ella la convenció, claro, y ¡de qué manera! Ella no podía tener la menopausia a
los dieciocho años. Entonces, ¿por qué le entró aquel arrebato de calor cuando
él se le acercó rozándola apenas? Y él corrió a abrir la ventana y volvió a ver
si ella se encontraba mejor, y la acompañó a casa y hablaron, hablaron,
hablaron... Luego volvieron a salir y caminaron casi hasta el amanecer. Y todo
aquello no podía ser falso. Ella no lo había soñado, lo había vivido. Por eso
no podía creerlo cuando Lucía le dijo que lo había visto con otra. “No, no era
él, o es que iba con su hermana”. Lucía insistió explicando que lo había visto
varias veces besándose con ella en la boca y cogiéndola en medio del paseo
marítimo como no se coge a una hermana. Luego él la vio y la saludo. No tenía
ninguna duda, era él y se lo comunicaba a Patricia porque le sabía muy mal que
alguien estuviera engañando así a su mejor amiga.
Patricia lo negó y lo
volvió a negar. Imposible, aquello no podía ser verdad y se marchó furiosa a
casa a llamarlo por teléfono para quedar con él y confirmar lo que ella pensaba,
porque estaba segura de que lo que decía Lucía era mentira; pero no, resultó
ser real. Luis no lo negó en ningún momento; al contrario, rápidamente, muy
fácilmente aceptó que era cierto. Le dijo que simplemente había cambiado de
idea, que Elenita le convencía más, que era más niña, más dócil, más dominable,
más cercana, que de hecho era vecina suya. ¡Qué gran argumento! Solamente fue
capaz de contestarle “¿Cómo has sido capaz de hacerme creer en tu amor? ¿Por
qué me has hecho esto? ¿Tan poco me querías en realidad?” Y él se quedó sin
palabras mirándola y así permaneció viendo cómo Patricia se alejaba de él para
siempre.
Ahora sí que era para
siempre. Así lo había decidido definitivamente. Este atardecer se sumergiría en
el mar para que se acabaran sus desgracias, su desesperación, su vergüenza. Ya
su orgullo no estaría herido nunca más. Así sintió que sus piernas se iban
trabando cada vez más caminando sobre la arena del fondo, mientras el agua cada
vez más oscura ofrecía una mayor resistencia a su paso. Iba sintiendo todo su
cuerpo más y más mojado, en sus labios sentía el sabor a sal. Intentó coger el
agua con sus manos… y encontró el tacto de lino del juego de cama que le había
regalado su madre. “Pero, pero… no es agua”, pensó. Abrió los ojos despacio sin
dar crédito. Se frotó los párpados para despistar las posibles legañas y los
abrió completamente. ¿Alegría o más decepción? Buscaba en su interior cual era
la sensación predominante. Era una mezcla agridulce. Sus penas no acabarían
este atardecer, el mar no se la había tragado para siempre. Disponía de su vida
para vivirla; sin embargo, ahora sabía que tendría que convivir con la
tristeza, un mar de sal la envolvería hasta el fin de sus días.
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GRACIAS A MI PUEBLO
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